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Importante: Se agradecen los comentarios, correcciones y críticas del lector

sábado, 29 de noviembre de 2014

...que la guerra no me sea indiferente...

La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza
(1984, de George Orwell, publicado en 1949)

 En 1978 yo estaba en la colimba. Algunos dicen que la palabra proviene de corre-limpia -barre, que
Los colimbas se divierten
eran las tres actividades más frecuentes  del soldado conscripto argentino.
 Hay tipos que recuerdan su servicio militar obligatorio con simpatía y hasta con cariño. Cuentan historias de partidos de fútbol entre colimbas y suboficiales y otras situaciones graciosas al estilo de las películas de Olmedo y el gordo Porcel.

DDR Panzer (tanque de la RDA)
Según mi profesor de alemán, su colimba alemana era divertida:  Jugaban a la guerra con walkie talkies y largavistas (binoculares), espiando a través del Muro de Berlín los inofensivos  movimientos de los tanques y soldaditos de la antigua Alemania del Este o RDA (sigla que significaba, misteriosamente: República Democrática Alemana)

Mis recuerdos son más bien pesadillas carcelarias.

Hubo una época particularmente surrealista que quizás algún lector veterano recuerde:
Los vamos a aplastar
A fines de 1978 la junta militar de usurpadores del poder de turno estuvo a punto de llevarnos a la guerra con nuestros vecinos chilenos, gobernados a la sazón por su propio genocida local.
Yo estaba destinado (aunque en realidad el destino no existe) en la compañía de Policía Militar de Palermo, Buenos Aires, donde la disciplina era bastante férrea, y casi todos los tipos eran  más altos que yo. La selección artificial castrense había agrupado en la PM  a tal montón de grandotes que mi metro ochenta quedaba reducido al nivel de un hobbit.
Recién ahora, que vivo entre gigantes vikingos y me acerco vertiginosamente a la sesentena, estoy empezando a acostumbrarme a la idea de no ser el más alto (de la clase, de la foto, de la fila, ni de nada). Bueno, ahora ni siquiera los chinos son petisos (bajitos).

La movilización: Un día nos cargaron a todos, grandotes, petisos y medianos, en varios camiones y
Camino pampeano
nos trasladaron a Santa Rosa, capital de la Pampa, como primera escala hacia el futuro frente de batalla. O no tan futuro, a juzgar por el olor a pólvora que parecía llegar  desde la frontera andina.

¡Qué pan dulce para esta Navidad!
En la ruta, se nos acercaban autos de civiles, de los pueblos vecinos, que nos animaban a pelear, a darles con todo a esos chilenos. Como era casi Navidad nos regalaban cantidades industriales de pan dulce (el panettone italiano) que nos arrojaban como pelotas desde los autos. Había tantos que durante los meses que pasamos en Santa Rosa, sólo desayunábamos pan dulce, obviamente con mate cocido.

La Pampa era árida, calurosa y seca.




Nuevo hogar: Nos alojaron en una "Escuela Hogar", que estaba desocupada porque era época de vacaciones escolares. Las camitas para pibes eran cortas y a los colimbas nos quedaba la mitad de las piernas afuera. 
A la espera del traslado hacia la frontera, la disciplina se había relajado: Había alegres mateadas (reuniones para tomar mate, infusión típica sudamericana que los alemanes insisten en llamar mate-tee), amenas guitarreadas y simpáticos estaqueamientos para los más indisciplinados. En fin, un campamento de verano.


Algunos colimbas conseguían confraternizar con ninfas locales, otros aparecían en medio de la noche con regalos misteriosos como mulitas (especie de armadillo) asadas y los más excéntricos alardeaban de dormir con el fusil cargado (absolutamente prohibido por el reglamento) y la bayoneta bajo la almohada, ya preparados para la acción (?!).

 El corredor de la muerte: Las familias, novias, amigos, etc. fueron autorizados a visitarmos un fin
Canuto Cañete (Carlitos Balá)
de semana, antes de la supuesta movilización final. Algunos vecinos de la ciudad organizaban asados para agasajar a los aguerridos soldados porteños y disfrutar con sus anécdotas bullangueras. Evidentemente, esta gente había visto demasiadas películas estilo "Canuto Cañete conscripto del Siete" o " Los colimbas se divierten".

 Medianoche en el jardín del bien y del mal: Una noche que estaba de guardia con uniforme, casco y fusil en el jardín de la escuela hogar, oí que me llamaba una voz de civil desde la vereda, detras de la ligustrina (seto): -Che, soldado, tomá.-  Y como por arte de magia, apareció una cacerola humeante de ravioles caseros, un lujo prohibido para comsumir a escondidas.

Aclaración necesaria para los que no hicieron el servicio militar: El soldado de guardia tenía estrictamente prohibido hablar, fumar, leer, escuchar música, cantar, beber, comer, etc. Tenía que estar atento a su deber ineluctable: detectar la posible aparición del enemigo. Se le permitía respirar, en caso de emergencia y con el permiso de sus superiores.

Como sea, la gente de la provincia nos mimaba, aunque no recuerdo ninguno que se ofreciera voluntario para ir a pelear contra el odiado vecino andino (¡Chi-chi-chi!  ¡le-le-le!).

La heladerita que dio el mal paso: Un día nos dieron franco (la libertad de salir a pasear sin correa
ni bozal por Santa Rosa). El calor me llevó a la heladería del centro, donde una simpática empleada, que la memoria me presenta joven y rubia con un delantal cuadriculado rosado y crema, me regaló un helado, con una sonrisa de oreja a oreja: -Haría cualquier cosa por ayudarlos a pelear con los chilenos. ¡Ay, que sé yo!, iría de enfermera o algo así. - dijo con los ojitos brillantes de fervor chilenicida.
Sí, demasiadas películas, pensaba yo.
Por alguna razón inexplicable la perspectiva de matar colimbas chilenos a tiros de FAL (fusil automático ligero) o destripándolos con la bayoneta no me terminaba de seducir. Por otro lado, la idea alternativa, donde el destripado era yo, se veía poco reconfortante. No supe qué contestar y me fui sin terminar el helado, que era de frutilla y crema, como el delantal.


... la guerra había sido continua, aunque hablando con exactitud no se trataba siempre de la misma guerra...
(1984)

El concierto: Varios artistas famosos habían viajado a la Pampa para entretener a las tropas.
No me acuerdo de todos. Landriscina contó graciosos chistes de Landriscina, varios músicos folklóricos y modernos (¿Palito Ortega?) cantaron y hasta bailaron algunas bataclanas (bailarinas de cabaret no alemán, ya que en Alemania cabaret es lo que en Argentina se llamaba antes café concert).Todos se despidieron arengándonos a luchar con valor contra los chilenos.
Todos menos Lito Nebbia.
Lito cantó algunos temas meláncolicos, él solo, acompañándose con una guitarra o un teclado. En un
momento sintió la necesidad de parar para hablar y dijo algo así como: "espero que todo esto tan terrible termine pronto y puedan volver a casa tranquilos."
Se tuvo que ir en medio del abucheo general. Me dio la impresión, por la velocidad con que salió despedido del escenario y del campo, que los milicos le imprimieron mayor impulso y aceleración a patadas.

Oh ¡qué bella guerra!
Los jóvenes colimbas, la mayoría inmortales de 18 años, se deslizaban alegremente y sin resistencia aparente hacia un supuesto destino de gloria y honor. Oh, ¡qué bella guerra!

La gente grande y razonable decía que no era el mejor momento para una guerra debido a la inconveniente situación economica, pero que "si hay que ir se irá".

...es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre esperanza de la gente.  
(León Gieco, 1978)


Wojtyla
El final: A principios de 1979, la mediación papal de Juan Pablo II  acabó con los preparativos bélicos y todos pudimos volver a casa, como había deseado Lito Nebbia, aquella tarde de aquel verano absurdo.




Epílogo: El servicio militar obligatorio fue abolido durante el gobierno de Carlitos M. (aquel a quien no debe nombrarse y que nadie votó), a raíz de la trágica muerte de un colimba.